Agostina Vega tenía 14 años. Salió de su casa convencida de que iba a buscar una sorpresa para su madre. Quien la engañó no era un extraño al acecho, sino alguien de adentro, el expareja de su madre. Una semana después, fue hallada asesinada en un descampado.

Como perito forense, observo el mismo ciclo mediático repetirse con precisión quirúrgica: la fascinación por la mente criminal, la disección del psicópata y, finalmente, el consuelo de haber atrapado al «monstruo». Esta narrativa no es falsa, pero es peligrosamente incompleta.

Quiero fijar una posición clínica y sistémica clara: la psicopatía y el «loco moral» existen. Son sujetos con el intelecto intacto, que planifican y tienen una ceguera emocional absoluta frente al dolor ajeno. No son enfermos inimputables; son depredadores conscientes.

Pero fijar la mirada exclusivamente en el depredador es hacerle el juego. El psicópata es, ante todo, un calculador de riesgos. Este sujeto tenía una causa penal previa porque una mujer salió desnuda pidiendo ayuda. El sistema lo procesó y, acto seguido, lo ignoró. Su agresividad se activó exactamente allí donde percibió una zona liberada: una adolescente expuesta, una familia fracturada y un Estado ausente.

Un solo hombre no construye las condiciones para un crimen de esta magnitud; las condiciones las construye el entorno que normaliza, y el sistema que no actúa aunque tenga la información. El Estado llegó con cámaras y rastrillajes cuando ya no había nada que proteger.

Si nuestra única respuesta social es diseccionar la crueldad del asesino, estamos absolviendo a la arquitectura invisible que le permitió operar. El monstruo es el último eslabón de la tragedia, no el único. Mientras sigamos ignorando los antecedentes, tolerando territorios de impunidad y dejando a nuestros adolescentes solos frente al riesgo, el ecosistema seguirá intacto. Y el depredador, simplemente, hará su trabajo.

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