La sustitución ontológica que León XIV entendió sobre la inteligencia artificial y no queremos ver

Cuando se publicó mi última columna en La Prensa sobre la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, la respuesta de los lectores confirmó una sospecha que venía incubando en el consultorio: el documento papal ha generado una profunda e incómoda resonancia. No es para menos. El texto no se detiene en los lugares comunes del desempleo tecnológico, los sesgos de los algoritmos o las fantasías de la singularidad de las máquinas. El diagnóstico de León XIV es infinitamente más perturbador porque no habla de robots; habla de nosotros y de la colonización más silenciosa y efectiva de la historia. Estamos ante un asalto directo al territorio estratégico del siglo XXI, que ya no es geopolítico ni estrictamente militar, sino cognitivo. Quien captura la atención adquiere la capacidad de colonizar de forma consecutiva la emoción, la memoria, el consumo y, en última instancia, la esencia misma de la identidad humana.

Como profesional de la salud mental, me resulta evidente que la economía digital ha capitalizado un principio básico de nuestra neurobiología evolutiva: el cerebro no presta atención de manera neutral. Filogenéticamente, sobrevivimos detectando amenazas antes que contemplando la serenidad del entorno. La mente responde con un sesgo atencional inmediato e intenso ante estímulos vinculados al conflicto, la indignación, el miedo y el escándalo. Lo que las ciencias cognitivas de Daniel Kahneman y Amos Tversky tipificaron como atajos heurísticos ante estímulos emocionales, la economía de plataformas lo transformó en infraestructura global y arquitectura industrial. El fenómeno del clickbait o del rage bait no es un desvío periodístico o un dilema moral; es ingeniería neurocognitiva a escala masiva diseñada para extraer valor de nuestra degradación psicológica. Al someter la mente a flujos ininterrumpidos de estímulos breves e intensos, se precipita una fragmentación severa de la atención cuyas consecuencias clínicas ya son mensurables: disminución de la concentración profunda, intolerancia patológica al aburrimiento, ansiedad basal y una incapacidad creciente para sostener reflexiones complejas.

Sin embargo, detrás de esta adicción industrializada se esconde algo mucho más grave que la pérdida de productividad o el agotamiento cognitivo que describe Byung-Chul Han. Lo que verdaderamente está en juego en esta encíclica es una auténtica crisis ontológica: la mutación y disolución de la esencia misma de lo humano. En la antropología clásica y el personalismo filosófico, el ser humano se define por su interioridad; por la existencia de un espacio interior donde residen la capacidad contemplativa, el silencio intelectual y el discernimiento crítico. Al vaciar ese espacio mediante la hiperestimulación constante, la ontología del ser se reduce a una existencia puramente epidérmica, plana y reactiva.

Este orden algorítmico altera radicalmente nuestro estatuto ontológico al introducir el concepto del «gemelo digital». Al procesar macrovolúmenes de datos, estos modelos probabilísticos reconstruyen nuestros perfiles psicológicos no para archivarlos, sino para anticipar, clasificar y orientar nuestras conductas en tiempo real. En ese preciso instante, el ser humano deja de ser el sujeto de la experiencia —el usuario libre— y se convierte en un objeto de predicción y optimización técnica. Nuestra libertad deja de ser una potencia creadora y pasa a ser una variable probabilística dentro de un código matriz.

Esta vigilancia cognitiva no requiere de una conspiración centralizada ni de una maldad explícita para consolidar sus estructuras deshumanizantes. Emerge de la convergencia inercial entre la eficiencia administrativa, la lógica de mercado y la automatización. La deshumanización actual es perfectamente burocrática y tecnológica. Es la realización del temor de Hannah Arendt sobre sociedades funcionales donde el pensamiento crítico es sustituido por puros automatismos operativos. La paradoja es extraordinaria y trágica: nunca existió tanta información disponible y, al mismo tiempo, tanta dificultad para construir pensamiento integrado.

El peligro real e inmediato de nuestra época no es si las máquinas llegarán algún día a emular el pensamiento humano. La gran encrucijada metafísica es que los seres humanos estamos aprendiendo a vivir, decidir y operar como máquinas, privilegiando la reacción sobre la reflexión, la respuesta sobre la comprensión y la aceleración sobre la contemplación. Nos encontramos atrapados en la trampa perfecta: la capacidad que estamos perdiendo —el silencio interior y la paciencia intelectual— es exactamente la herramienta que necesitaríamos para darnos cuenta de lo que nos están arrebatando. La batalla por la atención es, en su raíz más honda, la batalla definitiva por la autonomía de la conciencia humana y la defensa de nuestra interioridad frente a un mundo que compite ferozmente por ocuparla.

Nota editorial: Este artículo profundiza en las implicancias filosóficas y clínicas de la tesis expuesta en mi columna abreviada publicada el domingo pasado en La Prensa, la cual pueden leer en su edición impresa o digital.

DEJA UNA RESPUESTA

Ingresa tu comentario
Por favor, ingresa tu nombre