¿Qué nos muestra el caso Agostina cuando salimos de los senderos habituales?
Primer artículo de una serie sobre Ecología del Crimen.
Al pensar en este caso y tantos otros similares, Triple crimen, Candela, etc., surge una serie de reflexiones que nos obligan a salir de «qué tiene en la cabeza el asesino», una fórmula para cerrar, ya que estos casos ocurren en un ecosistema que los habilita. Así se me ocurrieron varios temas que, si bien eran títulos, son las líneas a explorar:
- Agostina y la ecología del crimen: más allá del monstruo y la indignación
- Agostina: cuando el problema no es solo el asesino sino el sistema
- El caso Agostina: las preguntas que nadie está haciendo
Después de esos títulos, me surge un subtítulo:
Una reflexión sobre vulnerabilidad, antecedentes ignorados, confianza traicionada y las condiciones que permiten que ciertos crímenes ocurran.
Cada vez que ocurre un crimen que conmueve a la sociedad, seguimos un recorrido conocido. Buscamos al culpable. Intentamos reconstruir las últimas horas de la víctima. Analizamos el perfil del acusado. Discutimos si se trata de un psicópata, un perverso o un monstruo. Durante algunos días la indignación ocupa el centro de la escena. Luego llega el silencio. Hasta el próximo caso.
El problema es que este recorrido, aunque necesario para la investigación judicial, rara vez nos permite comprender lo que realmente ocurrió.
El caso de Agostina Vega puede ser leído de otra manera.
La primera observación es incómoda: el peligro no vino de afuera. No apareció un desconocido surgido de la oscuridad. Según la hipótesis investigativa, el acceso a la víctima se produjo a través de una relación previa de confianza. Esta característica no es excepcional. Por el contrario, constituye uno de los patrones más frecuentes en los delitos graves contra niñas, niños y adolescentes.
Durante décadas enseñamos a los hijos a desconfiar del extraño. Sin embargo, muchos de los riesgos más importantes provienen de personas conocidas, integradas de una u otra manera al sistema de vínculos de la víctima. El problema no es solamente quién es el agresor. El problema es cómo obtiene acceso.
La segunda observación tiene que ver con los antecedentes. Con frecuencia, después de un crimen grave descubrimos que existían señales previas. Conductas violentas, denuncias, episodios preocupantes o intervenciones judiciales anteriores. No se trata de afirmar que todo antecedente conduce inevitablemente a un homicidio. Pero sí de preguntarnos por qué el sistema suele reaccionar con intensidad después del daño consumado y con mucha menor eficacia antes de que ocurra.
La tercera observación es más amplia. Cuando analizamos casos como Agostina, Candela Rodríguez o tantos otros, comienzan a aparecer mecanismos repetidos. Cambian los nombres, cambian los lugares y cambian los protagonistas. Sin embargo, ciertos factores reaparecen una y otra vez: vulnerabilidad social, fragilidad de las redes protectoras, antecedentes ignorados, adultos con acceso privilegiado a menores, territorios donde la presencia institucional es débil y una creciente hiperexposición digital que ofrece nuevas oportunidades para la manipulación y el engaño.
Quizás el error más frecuente sea pensar que estos crímenes se explican exclusivamente por las características psicológicas del agresor. Esa mirada contiene una parte de la verdad, pero deja fuera otra dimensión fundamental. Los delitos graves no ocurren en el vacío. Ocurren dentro de contextos específicos. Surgen en determinados ecosistemas sociales.
Por eso la pregunta más importante no es únicamente quién mató a Agostina. Esa respuesta deberá darla la justicia.
La pregunta más difícil es otra:
- ¿Qué condiciones hicieron posible que una adolescente de catorce años quedara expuesta a una situación semejante?
- ¿Qué señales fueron ignoradas?
- ¿Qué mecanismos fallaron?
- ¿Qué formas de vulnerabilidad estaban presentes antes de que ocurriera el crimen?
Mientras sigamos concentrando toda nuestra atención en la figura del monstruo, seguiremos obteniendo alivio emocional, pero muy poca comprensión. Y sin comprensión resulta difícil prevenir.
Tal vez el verdadero desafío que plantea el caso Agostina no sea descubrir una excepción. Tal vez sea reconocer un patrón.
Y los patrones, a diferencia de los monstruos, pueden estudiarse, comprenderse y eventualmente modificarse.
CTA:
-
¿Estamos analizando estos casos de la manera correcta?
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¿Debemos seguir concentrándonos exclusivamente en los agresores o empezar a estudiar las condiciones que hacen posibles estos crímenes?
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Lo invito a compartir esta reflexión.
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