Acompaño la nota sobre los Adolescentes en la Revista Estampas de «El Universal» de Méjico, por la que fuera consultado

Estampas

En revision 2021 la nota puede encontrarse citada aqui
Los volubles adolescentes Laura Haimovichi

Según un nuevo estudio, los cambios vertiginosos en el humor de los muchachos se produce por el desfase entre la explosión de la actividad neuronal y la inmadurez emocional.
De la euforia descontrolada a la tristeza sin motivo. De la soberbia a la baja autoestima. De la abulia al frenesí. Esos cambios abruptos de un extremo al otro en el arco de las emociones adolescentes tienen responsables.
Según una reciente investigación realizada en Estados Unidos por el neurocientífico de la Universidad de San Diego, Robert McGivern, las vertiginosas transformaciones en el humor de los jóvenes residen en el cerebro. Según el trabajo de este investigador, los desequilibrios adolescentes son consecuencia de la gran actividad neuronal de esa etapa vital.
«Es que en la adolescencia hay una explosión de los neurotransmisores y neurorreguladores, que son las sustancias que regulan las emociones, las hormonas y la actividad neuronal», explica el doctor Jaime Moguilevsky, profesor de Fisiología. «Deberán pasar algunos años -cuando los jóvenes se conviertan en adultos y se estabilicen- para que los cambios en su comportamiento se atenúen», señala este especialista. «La remodelación cerebral provoca serias dificultades para entender el novedoso abanico de situaciones sociales a que se exponen los chicos de 11 y 12 años en adelante», señala McGivern.
Ellos no pueden procesar la información ni comprender lo que les sucede en su vida de relaciones por el exceso de sinapsis (conexiones entre neuronas) que experimentan. Les resulta imposible identificar con velocidad la felicidad, la tristeza, el enojo o la indiferencia porque su sistema nervioso central se está reorganizando y tiene menos recursos disponibles para la sabiduría social.
«A veces sentimos que no somos considerados por nuestros padres o en el colegio. Lo tomamos como fracasos personales y respondemos con cambios de ánimo», dice Gonzalo Depper, de 18 años.
«En la adolescencia hay una multiplicidad de cambios: cuerpo, psiquis, relaciones sociales y familiares dejan de ser lo que eran. Hasta que metabolicen su nueva realidad, el impacto de esas transformaciones convertirá a los chicos en seres lentos en sus reacciones y que actúan a la defensiva», opina la psicóloga Diana Rizzatto.
Los chicos varían su ánimo porque esos cambios son disparejos: por un lado explotan los caracteres sexuales y por otro su inmadurez emocional no puede elaborar esas transformaciones. «Por eso un día se ven hermosos y al siguiente, espantosos. Su autoestima está en construcción y depende mucho de la mirada ajena, de la respuesta ambiental», considera Rizzatto.
«Me parece que hasta que uno se encuentra pasa por un montón de etapas, en las que va buscando su identidad», especula Ignacio Ortiz, de 15 años.
El neurólogo y psiquiatra Enrique De Rosa, no descarta la etiología biológica -la explosión hormonal y neuronal- de la adolescencia.
Pero De Rosa suma una visión psicológica para explicar la naturaleza de los cambios. «Las transformaciones son vertiginosas y extremas porque el adolescente está confrontando el mundo infantil, que ya no da cuenta de su nueva realidad, con el adulto, hacia el que se encamina pero cuyos códigos desconoce. Esa mezcla le resulta difícil de digerir, no sabe cómo proceder y cae en la angustia, el caos, la desesperación o el aislamiento».
Al no saber establecer un código de intercambio con las otras personas, se exalta cuando quiere conquistar a alguien del sexo opuesto y se deprime por el rechazo que produjo su gesto excesivo.
«Es muy común», explica De Rosa, «que los varones se abalancen sobre las chicas, que ellas los rechacen y ellos se enojen. Parecería que para los chicos, tirarse un lance es, literalmente, tirarse encima», ejemplifica el neurólogo.
Cuando se enamoran, están enamoradísimos, cuando se enojan, están enojadísimos. Si les fue bien en matemática se sienten genios y si sacaron un dos, se sienten tarados; ellas se ven flacas y al ratito, gordísimas.
«Esas posturas extremas son típicas de la adolescencia y los cambios abruptos son producto de la gran vulnerabilidad de una etapa en la que todo está al rojo vivo», asegura la psicóloga Beatriz Goldberg.
«Hoy son más inestables que hace veinte, treinta años, porque a los cambios internos de esta etapa hay que sumarle la metamorfosis del mundo exterior, con el derrumbe de los grandes saberes».
Con la crisis, los padres no saben si el mes que viene tendrán trabajo o si tendrán que emigrar. Así, es mucho más difícil poner límites y contener a sus hijos. «A los adultos les cuesta ser referentes y ayudar a los jóvenes a transitar su camino», concluye Goldberg, porque ellos mismos perdieron casi todas las certezas.

Crecer y carecer
La etimología de la palabra adolescente es doble: de origen latino, viene de adolescere, que significa crecer y se relaciona con el desarrollo entre infancia y adultez. Además alude a carecer y al tránsito para alcanzar aquello que falta.
CHARLIE CARREÑO. 16 AÑOS
«Uno va cambiando porque es influenciado por los amigos y por la educación que tuvo. Mi vieja nunca me prohibió hacer nada mientras no moleste a otros. Mis amigos se tiñen el pelo como yo. Yo voy cambiando. Antes del azul lo tuve verde, rojo, amarillo, plateado».
IGNACIO ORTIZ. 15 AÑOS
«Hasta que uno se encuentra pasa por un montón de etapas. Primero uno se viste de un modo, después cambia. Yo hace un tiempo empecé a agarrar un estilo más alternativo, no quería ponerme camisetas de fútbol, ni el estilo ‘skater'».
DANIELA DUEK. 15 AÑOS
«Para mí, el tema de ir cambiando la forma de vestirse tiene que ver con la personalidad y el estilo de cada uno. Tal vez hay gente que todo el tiempo cambia el tipo de ropa, otra no. Yo, en general, no soy de cambiar tanto, pero creo que tengo mi propio estilo».
GONZALO DEPPER. 18 AÑOS
«Es normal que en esta etapa seamos inestables en lo emocional. A veces sentimos que no somos considerados por nuestros padres o en el colegio. Los tomamos como fracasos personales, por eso respondemos con cambios de ánimo todo el tiempo».
BELEN CATTANEO. 16 AÑOS
«Yo cambio mucho de humor, de golpe. A veces me siento mal en un lugar y digo que me quiero ir ya, pero después cambio de idea y no quiero moverme. A veces me levanto y no tengo ganas de hablar con nadie, pero después vienen mis amigas y de golpe se me pasa».
MAGALI VELA. 15 AÑOS
«Yo pienso que ahora cambio mucho porque hago cosas que cuando sea más grande no las voy a poder hacer, porque voy a estar en otra cosa. Esta es la mejor etapa de la vida, por eso creo que hay que disfrutar al máximo, no dejar de hacer nada que tengas ganas».
SOL BUCKLEY. 14 AÑOS
«Vamos cambiando porque vamos creciendo. Cambiamos el tipo de ropa y la música que escuchamos. Hasta hace un tiempo yo no tenía un estilo para vestirme. Me ponía lo que me gustaba. Pero ahora tengo una onda particular. La música tiene que ver con la moda».
NICOLAS AGRELO. 13 AÑOS
«Yo cambio mucho de humor, de golpe, porque sí. Pero creo que le pasa a todos mis amigos. En un momento quiero una cosa, después quiero otra. ¿Por qué? Bueno, no sé, porque sí. De ropa no cambio mucho, siempre uso franelas grandes, desde hace tiempo, porque me gustan».
VALERIA OTERO. 15 AÑOS
«Yo no soy de cambiar mucho de estado de ánimo como algunas amigas mías. Pero sí, a veces hago cosas rápido y después me arrepiento. Por ejemplo, me compro algo de ropa porque en el momento me encanta, pero después no me la pongo nunca porque es horrible».

Jóvenes conservadores
La adolescencia no se puede definir de una vez y para siempre. Es una construcción histórica y varía según la época y el lugar. Hoy, en Occidente, se le encuadra entre los 12 y los 18 años, pero también se admite que puede prolongarse hasta los 30 años. «El arranque es biológico: con la menarquia en las mujeres y la producción de esperma en los varones, pero el final es sociocultural y se relaciona con el momento en que el sujeto adquiere una real autonomía económica y afectiva con respecto a sus padres», explica la psicóloga Diana Rizzato.

Además del impacto de los cambios fisiológicos, los «años tormentosos» suelen estar atravesados por la gran demanda que la sociedad imprime sobre los jóvenes: para que definan su vocación, se ajusten a las normas, modelen con perfección sus cuerpos y se independicen, mientras sueñan con un futuro posible e intentan cortar las ligaduras con su familia de origen para forjar su identidad. Una tarea que en realidad, comienza en la infancia y se prolongará toda la vida.

«No hay una única adolescencia. Hay muchas e, incluso, algunas se enfrentan y son antagónicas», explica la socióloga Ana Wortman.
Es que, aunque la mayoría de los jóvenes está «globalizada» por ciertos consumos culturales -el rock, la indumentaria de jeans y zapatos de goma- no es igual la adolescencia de un chico al que sostienen sus padres que la de otro que tiene que recoger latas para sobrevivir. Incluso hoy «la infancia casi ha desaparecido acorralada por una adolescencia tempranísima», dice Wortman.
Según la socióloga, «la ausencia de trabajo o su flexibilización parecería generar una nueva ética, visible en mayor medida en los jóvenes». Según una encuesta que cita, «59 % de los adolescentes y jóvenes (de 14 a 25 años) privilegia lograr un buen nivel de vida a partir de un trabajo estable y seguro. Un porcentaje análogo pretende también vivir feliz y tranquilo en familia». Acaso estos sueños puedan resultar «conservadores» comparados con el imaginario social de lo que fue la adolescencia de los años sesenta y setenta. Pero esa aspiración material e individualista resulta fácil de comprender si se le confronta con el empobrecimiento en las condiciones de vida generales de los venezolanos.

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